sábado, 3 de junio de 2023

Crónica de la segunda estrella en la fría contra Millonarios

 

📷Battaglia, Falcioni, González Aquino y Valencia saludan como campeones al público bogotano [Libro Setenta años de La Pasión de un Pueblo]

Nadie creía en el triunfo total en ese domingo gris y bogotano. El Dr. Gabriel Ochoa Uribe sólo pensaba en ganarle a Millonarios para mantener la ventaja. La noche del sábado se organizó un baile de colegio en un recinto adyacente del hotel Dann Colonial y el ruido no permitía dormir. En dos o tres ocasiones me desperté y tuve pesadillas. Bajé temprano en busca de los periódicos. Ochoa ya salía para misa. Después lo hicieron otros jugadores. Hacia el mediodía muchos hinchas merodeaban por el hall en busca de boletas.

Almorzamos con muchos contratiempos por la demora del servicio y el Dr. Ochoa citó a los jugadores al cuarto de Espinosa para hacer la charla técnica. Pasadas las dos y media salimos para el Estadio El Campín en un bus destartalado que nos cedió Millonarios. Al llegar vimos a El Duende y todo el mundo se preocupó por su suerte. El Dr. Ochoa preguntó si estaba borracho, Álvaro Guerrero le regaló la boleta. Entramos al camerino y el Presidente Pepino Sangiovanni les deseó suerte y nos fuimos en busca del palco de la Dimayor. Allí nos ubicamos con Jairo Ante y el presidente Pepino.

Yo me había hecho algunos augurios para nuestra suerte: Que el estadio no estuviera lleno ni que la lluvia fuera inminente. Ambos se me cumplían. América contaba con el respaldo de los caleños que viven en Bogotá, localizados en oriental, y las barras que habían ido en buses, que ocuparon la parte occidental.

El equipo empezó jugando de sur a norte. Millonarios trató de atacar, pero América lo controlaba bien. En el minuto once sucedió lo maravilloso: Quiñónez recibe el balón por el lado derecho, camina con él y tira el centro. Battaglia salta y la peina atrás, la recoge Damiano, quien inicialmente intenta ir hasta la línea pero se devuelve y casi perdiendo el equilibrio entrega el balón a Caicedo que viene de atrás. Entró como una ráfaga y le pegó de izquierda a unos 25 metros del arco. Caicedo nos decía después que cuando pateó, levantó la cabeza y comprendió que era gol. Vivalda trató de hacer lo imposible. La malla vibró y el abrazo mío con Pepino y Jairo Ante era mirado con cierto estupor por los hinchas azules.

Después, la espera impaciente. Los comentarios entre nosotros. La incertidumbre de los marcadores en otras plazas. El aguante del ataque Millonario en el segundo tiempo. Y el equipo jugando bien, con tranquilidad, sin desesperarse, tratando de tocar. Barberón arremetiendo sobre Quinóñez. Este, un poco azarado, lo derriba. El árbitro le muestra la amarilla. De inmediato, viene el cambio por Valencia. Ochoa no arriesga. Posteriormente, lo acostumbrado. La salida de Alfaro, que lo ha dado todo, para el toque final del paisa Sierra. Poco a poco, el tiempo nos beneficiaba. Sabíamos de la victoria del Tolima. Nos enfrió un poco el empate del Pereira pero nos alegró el segundo gol de Nacional. Todo empezaba a darse. No quisimos darnos cuenta del tiempo hasta que se acercaba el final. Un hincha de Millonarios, desilusionado, nos informaba de lo que acontecía en otras plazas. De pronto nos dijo: "Terminó en Medellín". Y luego: "Terminó en Cali". Faltaban cuatro minutos angustiosos. América hizo memoria de lo que había sucedido en Pereira. Y Sierra organizaba el toque en el medio campo. Millos no quiso saber nada más cuando faltaban dos minutos. Nitti, en un gran arbitraje, se acercó al centro y antes de pitar nosotros estábamos abrazados. Mucha gente felicitó a Pepino. Salimos corriendo en busca del camerino. Nadie abría. Corrimos hacia la puerta que da a la cancha. Jairo Ante se cayó entre las gradas y se pegó en la rodilla. Lo levantamos y nos dirigimos a nuestro destino, pero la policía no nos permitió la entrada. Sólo a Pepino. Nosotros nos devolvimos al camerino. En ese momento llegaban Raúl González, la esposa del Dr. Ochoa y su hijo. Más que alegría había estupor. Los jugadores sentados, algunos periodistas inventando una euforia que todavía no era exteriorizada. Ochoa, nos contaron, desde que el árbitro pitó no pudo evitar el llanto y entró al camerino solitario todavía mientras los jugadores festejaban en la cancha, abrazándose entre sí. La hinchada empezó a gritar desde afuera. Cuando apareció Miguel Rodríguez, el Dr. Ochoa que se encontraba arrinconado por los periodistas radiales, pidió un aplauso. "Muchachos, un aplauso para don Miguel Rodríguez". También llegó Gilberto Rodríguez y su hijo Jaime. Pregunté por Lalo Holguín y no apareció por ningún lado. Sabíamos que Cali era una fiesta. Una orgía de felicidad. Yo pensé en mis amigos, en ese grupo que siempre nos reunimos en "Los Búcaros", en Julio, José, Jaime, y a ellos les dediqué el triunfo cuando me entrevistaron. Nadie lloró. Miguel saludó a todos los jugadores.

Salimos del camerino entre los gritos y aplausos de los hinchas.

El bus estaba rodeado y no se oía más que "América Campeón". Llovía y había oscurecido. Hubo preocupación por la ausencia de Alfaro pero al fin llegó. Nos abrimos paso lentamente mientras la hinchada roja emocionada nos abrumaba. Alcancé a ver a Pacho Claya y a Pucho. Y nos deslizamos en la noche bogotana.

De repente, se rompió el estupor y fue el momento más intenso y vibrante. Alguien empezó el grito de "Campeones Campeones" y "Dale Rojo Dale". Todos, los jugadores, los directivos, el Cuerpo Técnico, y, nosotros, los acompañantes más íntimos, compartíamos esta felicidad tan privada. Alfaro inició el grito por Falcioni. Y así se nombró a cada uno de los jugadores, aun a los ausentes como Franco. Se gritó por Ochoa. Y cuando se mencionó a Moraga, Ochoa se paró del asiento y aplaudió fervorosamente. Se gritó por doña Beatriz y Miguel Rodríguez. Eran gritos que salían del alma y de nuestras entrañas. Mientras Cali gozaba, en el bus, en vía al hotel, vivimos el gran momento de la felicidad en una penumbra cómplice.

En el Dann Colonial resonaba el teléfono. Los periodistas entrevistaban para Cali. Mucha gente fue llegando para saludar a los jugadores y a Ochoa. Los jugadores subieron a cambiarse. La cena de los campeones, como la llamó Jairo Chávez Avila, empezó alrededor de las ocho. El brindis se hizo con champaña y todos tratamos de hacer sonar nuestras copas. Pepino Sangiovanni empezó la ceremonia con sencillez pero muy elocuente. Nombró a todos los jugadores, al Cuerpo Técnico, y concluyó con una frase: "Sinceras felicitaciones". Gerardo González Aquino, el capitán más asiduo, respondió por petición de Ochoa Uribe. "Es un premio que Dios nos ha dado porque Dios está con los trabajadores". El Director Técnico del América cerró el acto con unas palabras muy suyas. "En la historia del fútbol colombiano no se conseguirá otro triunfo igual. Esta victoria quedará escrita para siempre. Mil gracias, campeones 1982". Al finalizar, Ochoa se dirigió a sus pupilos: "Recuerden que esto no ha terminado. Tenemos la responsabilidad del partido con el Cali".

Por: Umberto Valverde 

Revista América No. 8 Enero de 1982

📷Battaglia, Falcioni, González Aquino y Valencia saludan como campeones al público bogotano [Libro Setenta años de La Pasión de un Pueblo]

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